Cuando paseas por las calles de Chicago, algo de lo que no hay escasez es del arte callejero: las paredes de los callejones y las fachadas delos edificios están cubiertas de murales complejos.
Sin embargo, los creadores de estos murales de ladrillo comparten un extraño quebradero de cabeza logístico: conseguir su material principal. Aunque Illinois fue la cuna del bote de aerosol, comprar un solo bote dentro de los límites de la ciudad sigue estando estrictamente prohibido.
El origen de la pintura en aerosol se remonta a 1949, cuando el propietario de una ferretería, Ed Seymour, buscaba una forma de recubrir radiadores con pintura de aluminio.
Mientras experimentaba en su taller de Sycamore, Illinois, fue pionero en un método de aplicación a presión que dio lugar a la lata de spray moderna, transformando los recubrimientos industriales y desencadenando un movimiento artístico global. Sin embargo, décadas más tarde, los legisladores de Chicago acabarían volviéndose en contra de esto.
La norma que obliga a los muralistas a salir de la ciudad para conseguir materiales
En 1992, las autoridades municipales empezaron a preocuparse cada vez más por el aumento de los incidentes de grafitis. Para abordar este problema, los legisladores aprobaron una ordenanza radical que prohibía la venta de pintura en aerosol en todo Chicago.
Durante la campaña legislativa, el concejal Edward Burke declaró la famosa frase: «Los botes de pintura en spray se han convertido en armas de terror». Como resultado, las ferreterías del barrio siguen sin poder vender este producto.
Los residentes que quieren hacer manualidades el fin de semana o los muralistas que buscan crear arte a menudo se enfrentan a una realidad frustrante en la caja: tienen que salir de la ciudad para comprar estos materiales básicos.